29.8.11

Los hermanos que no tuve

Mi primer amigo se llamaba Rubén y lo conocí en Primer Año Básico. El recuerdo inmediato que tengo de él es empujándolo frontalmente, mientras jugábamos en la fila antes de entrar a clases. De seguro lo pillé desprevenido y, sin pensarlo mucho, lo lanzé de rajita al suelo. El pobre llegó a parar las patas a causa de mi bullying, y eso que él era el más alto del curso, mientras que yo era uno de los más bajos.

Gracias a este compañero aprendí a andar en bicicleta. Él tenía una cross que para montarla me tenía que subir a una cerca de poco más de un metro de altura, para luego desde allí sentarme sobre ella. Lo terrible era mirar hacia abajo y confirmar que mis pies no tocaban el suelo. Tras esto, mi socio me daba impulso y cuando adquiríamos velocidad él me soltaba, al mismo tiempo que yo comenzaba a pedalear. Lo tragicómico de la historia era cuando llegaba el momento de parar, ya que como mi amigo obviamente no corría tras de mí todo el tiempo no me quedaba otra opción que chocar a propósito contra las cercas del barrio para así perder velocidad y luego "lanzarme al vacío".

También durante mi enseñanza básica, pero ya en segundo ciclo, Cristian fue otro de mis grandes amigos. Si bien con este rusio éramos compañeros desde antes, fue recién en Sexto Año cuando un extraescolar nos acercó aún más. No recuerdo exactamente si fue suya o mía la iniciativa de ingresar al grupo escolar de Teatro, pero fue una determinación acertadísima. Teníamos el talento escondido, y ese taller ayudó a desarrollarlo. La primera obra teatral que protagonizamos - nuestro estreno sobre las tablas a la vez - se llamó Se Vende una Burra y encarnábamos a un par de campesinos. Uno le vendía una burra al otro y, a partir de este negocio, se sucedían varias situaciones cómicas. Después de esa presentación vinieron varias más en los semestres posteriores, lo que nos permitió ser reconocidos y populares en nuestra escuela.

Pero más allá de "saltar a la fama" con el rusio, destaco pequeños momentos juntos que en aquellos años no tenían importancia. Para ir al taller extraescolar, lo pasaba a buscar a su casa que (ahora que lo pienso) no quedaba en mi cotidiano trayecto hacia la escuela. Tenía que caminar un poco más, pero valió la pena porque caminando juntos fue donde potenciamos nuestra amistad. Curioso, pero así creo que fue, ayudado por cierto de todas esas horas que sumamos ensayando. Nos íbamos jugando, cambiándole letras a las canciones o chuteando alguna piedra. La vida hasta entonces era un juego, y juntos conformamos una buena dupla de jugadores.

Con Rubén fuimos compañeros hasta Séptimo Básico, creo, y con Cristian lo fuimos hasta Cuarto Medio. Si bien forjé más amistades a lo largo de mis años de niñez, destaco aquellas porque fueron intensas, complicitarias y duraderas, en años en que todo era aprendizaje y cosas nuevas. Un gran abrazo para ambos.


Mis segundos grandes amigos - los de la adolescencia - se llamaban Álvaro y Rafaél. No eran precisamente siameses, pero los nombro a ambos porque fuimos muy yuntas durante la época liceana, también compañeros. Ponderar una amistad por encima de la otra sería un ejercicio difícil para mí, a pesar de que cada uno de ellos me entregó por separado cosas muy valiosas.

Álvaro era un cabro muy correcto, estudioso, responsable, hijo de profe. Le costaba salirse de los márgenes de la moral y las buenas costumbres, pero no por eso pecaba de desagradable, incluso a veces hasta era un poquito desordenado. Un día, este "moreno maravilloso" (como le decían por ahí), fue a mi casa para mostrarme un casette de unos artistas chilenos que le habían regalado. El grupo se llamaba Los Tres y, a partir de ese día, tras escucharlos, me volví adicto a esa banda. Fue tu culpa, Negro.

Por su parte, el Rafa era un tipo diametralmente opuesto a nosotros. Tenía más personalidad, intelecto, seguridad en sí mismo, entre muchas otras cosas más (menos estatura). Era poseedor de algunas costumbres muy extrañas. Recuerdo una vez que frente mío agarró un alicate, se sacó la polera y con la ayuda de un espejo comenzó a reventarse unas espinillas que tenía en la espalda. O recuerdo también que en otra ocasión me preguntó si me gustaba la miel con mayonesa, mezcla que para él (y sólo para él) era un auténtico manjar.

Detenerme a relatar cada una de las vivencias que tuvimos juntos sería poco prudente, por lo demás estoy seguro que ya se me deben de haber olvidado muchas historias. Sin embargo, una de ellas no la puedo dejar pasar. Se trata de un viaje de verano que realizamos los tres a Río Claro, un pueblo campesino en la comuna de Yumbel. Tenía yo por esos lados a algunos familiares que nos facilitaron un terreno a las orillas de un río, y en el cual levantamos carpa. Nuestra estadía allí se extendió algo así como por una semana. Memorable resultaba ser, por ejemplo, el hecho de tener que estirar la plata como chicle para que de día no nos muriésemos de hambre, y de noche, "de sed". Como la principal actividad económica de la zona se basaba en la venta de vinos, motivación no nos faltaba para comprar allá los tallarines más baratos y los tarros de jurel más machucados. Así nos rendía el money y podíamos elevar las ganancias del pueblo por concepto de vino.

Precisamente, durante una de esas borracheras nocturnas, a este par de amigos se le perdió Luchito. Cuentan que no aparecía mi sombra por ningún lado y que mientras Rafita me buscaba desesperado, Alvarito se hacía el listo con una huasita. A la luz de los hechos, el pobre Rafita (que también estaba arriba del balón) se propuso salir en mi búsqueda por todos los rincones del pueblo con excepción de uno: una plaza de juegos para niños. Y es que era muy improbable que el desaparecido se estuviese columpiando a altas horas de la noche, con un grado etílico por sobre la norma y en una recinto que colindaba con un retén de Carabineros. No obstante, y contra toda lógica, "el lindo" permaneció durante varios cuartos de hora hablando por celular con su polola de entonces, encaramado sobre un rascapoto que tenía 7 metros de altura. A mi regreso al campamento, y una vez que compartí los detalles, mis amigos no sabían si echarme la foca o reírse. Creo que ocurrió lo segundo.

En la actualidad, nuestros deberes y trabajos nos mantienen alejados unos de otros, aunque sólo físicamente porque el lazo sigue ahí, intacto, latente. Ojalá que la vida nos permita reunirnos a futuro y repetir esos campamentos de verano.


Ya universitario, conocí a Parra. Tenía 17 años y había entrado a la U a estudiar Ingeniería. Sobre este chillanejo y otras grandes amistades profundizaré en los próximos días.